Marcha, huellas y garúa. Apuntes a propósito de una tarde en la que no terminaba de llover
¿Qué huellas deja la marcha del viernes? En mí, la amarga sensación de que ninguna. ¿Para quién marchamos? Acaso más para nosotros mismos que para otros, y acaso eso tampoco esté tan mal. Tan mal. ¿A quién interpelamos? ¿Cómo? A la medianoche, en los noticieros que sintetizan “todo lo que pasó en el día”, informan sobre la marcha. Una noticia más. Y a otra cosa.
Lo cierto es que no hubo mucha gente en la marcha. ¿Acaso la lluvia que no terminaba de ser desentendió a muchos? ¡Vamos! No hay peor mentira que la que no se termina de creer.
Cómo saltar al nivel de incumbencia social. Cómo hacer que a la gente le importe. ¿Pero existe la gente o es un invento de Clarín? “La opinión pública no existe” sentencia Bourdieu, adepto a arrojar dardos al sentido común, sentido que, ya sabemos, es la ideología de la clase dominante.
Los medios de comunicación (o de difusión según Urresti) son la tentación de hacer(se) visible masivamente. Pero qué se muestra, cómo, y cómo se interpreta escapa a nosotros y en definitiva a todos. Si Tinelli nos invita a bailar por la renta de todos los ad honorem, ¿vamos?
Creo que la masividad es condición indispensable para cambios políticos de envergadura, pero que mucha gente junta no es lo mismo que mucha gente comprometida en un camino común. ¿Cuánta de la numerosísima cantidad de gente que marchó en el Blumbergazo votaría hoy a Blumberg?
Me inclino a pensar que es mejor empezar por casa. Los resultados serán menos espectaculares de lo que querríamos, pero quizás más consistentes, a lo mejor inspiradores, con suerte trasformadores, o al menos existentes.
Creo que es difícil, no sé siquiera bien a qué me refiero, ni sé por dónde empezar. O quizás ya empezamos y no nos dimos cuenta.
Ariel E. Fidanza
domingo, 16 de septiembre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario